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Ruta 40: donde el camino se vuelve historia, desafío y aventura

Nueve días, más de 500 kilómetros de ripio, tormentas, desvíos inesperados y caminos al límite. Desde La Quiaca hasta Chilecito, una travesía por el norte argentino puso a prueba resistencia física, fortaleza mental y la capacidad de seguir adelante cuando el camino decide cambiar las reglas. ¿El protagonista?: Diego Compagnucci, rafaelino apasionado del ciclismo que hizo realidad un gran desafío personal y nos compartió las inolvidables sensaciones que guardará para siempre entre los mejores recuerdos.

En total los números finales de la aventura fueron: 900 km (55% ripio 45% asfalto), 9 etapas, 5 provincias y 8256 metros de desnivel positivo.

A continuación la crónica:

La mítica Ruta Nacional 40 no es solo una carretera: es una columna vertebral que atraviesa la Argentina de norte a sur y conecta paisajes extremos, parques nacionales, pueblos ancestrales y culturas que sobreviven al paso del tiempo. En su tramo norte, desde la Puna infinita hasta los valles fértiles y los viñedos del oeste, cada kilómetro propone una mezcla única de belleza y desafío. Recorrerla implica enfrentarse al clima cambiante, a la soledad del ripio y a la inmensidad de los paisajes… pero también descubrir la hospitalidad de la gente y esa sensación incomparable de libertad que solo aparece cuando el horizonte parece no tener fin.

900 KM DE CONSTANCIA: DE LA PUNA A LOS VALLES
Entre el 2 y el 10 de febrero, una travesía de 900 kilómetros —más de 500 de ripio— unió La Quiaca con Chilecito en una experiencia donde cada jornada exigió cuerpo y mente por igual. Las lluvias veraniegas de la región sumaron dificultad y aportaron aún más condimento a la aventura.
El recorrido atravesó pequeños poblados de la Puna como Cieneguillas, Cusi Cusi y Coranzuli, junto a parajes remotos como Liviara y la histórica Mina Pirquitas, considerada el pueblo más alto del país. Más al sur apareció Susques, con su capilla colonial del siglo XVI y piso de tierra, antes de descender hacia los Valles Calchaquíes y la belleza colonial de Cachi.

El viaje continuó por Cafayate y las provincias de Tucumán y Catamarca, entre montañas, viñedos y la historia viva de las Ruinas de Quilmes. Luego llegaron Belén y Londres —segunda población más antigua del país— junto al histórico Shincal de Quimivil, conocido como el “Machu Picchu argentino”.
Ya en La Rioja, los paisajes rojizos, los olivares y el famoso torrontés acompañaron los últimos kilómetros, junto a la historia minera de Mina La Mejicana. Como broche final, la emblemática Cuesta de Miranda regaló uno de los cierres más icónicos de la Ruta 40.

CUANDO EL CAMINO DECIDE: ANECDOTAS DE RUTA

La aventura no tardó en poner a prueba la voluntad. Tras pasar Susques, una rotura en la llanta del vehículo de apoyo obligó a cambiar planes y descartar la subida al Abra del Acay. Reparada la camioneta en Salta, el intento de retomar la subida por el sur —desde La Poma— terminó en temporal, aludes y caminos anegados. Hubo que retroceder y buscar salida hacia Cachi, pero también con caminos cortados. La suerte apareció gracias a los lugareños: un campeonato de fútbol y la fiesta del tomate en pueblos cercanos lograron que, junto a Vialidad, despejaran el camino para poder continuar, avanzando con cautela y más de una plegaria debido al estado del terreno.

En otro momento, un desvío inesperado en el pequeño pero hermoso Cieneguillas, durante una fiesta de carnaval que cortaba las calles, obligó a dar vueltas unos minutos hasta reencontrar la traza de la Ruta 40.
Y cuando todo parecía resuelto, la llegada a Chilecito ofreció un último desafío: tormenta, viento de frente que impedía avanzar aun en bajada y la transmisión de la bicicleta que fallaba, cuando nunca lo hizo. Recién al bajar de la bicicleta para la foto final apareció la verdad: la rueda trasera se estaba saliendo. El cansancio había sido tal que el desperfecto pasó desapercibido… como si la bici misma sintiera que ya era hora de terminar la aventura.

MAS QUE UN VIAJE, UNA ENSEÑANZA

Recorrer la Ruta 40 en bicicleta no es solo sumar kilómetros: es aprender a adaptarse, insistir cuando el clima y los caminos dicen “no”, y confiar en la solidaridad de quienes aparecen en el momento justo. La experiencia deja una certeza simple pero poderosa: el límite suele estar mucho más lejos de lo que uno imagina.
Porque al final, cada pedalada fue mucho más que un esfuerzo físico: fue la confirmación de que los sueños grandes se construyen con pequeños avances diarios. Y la Ruta 40 —con su inmensidad, su dureza y su belleza— recuerda que la verdadera recompensa no es el destino… sino la experiencia vivida y la transformación que ocurre mientras uno sigue avanzando.

AGRADECIMIENTOS
Ninguna travesía se logra en soledad. Detrás de cada kilómetro recorrido hubo una familia que acompañó, amigos que alentaron y personas que estuvieron presentes incluso a la distancia. Gracias por la paciencia en los días previos, por los mensajes en los momentos difíciles y por la energía que empujó cuando las fuerzas flaqueaban.
Este desafío fue personal, pero el logro es compartido. Porque cada pedalada también llevó el apoyo, la confianza y el cariño de quienes creyeron desde el primer día que era posible. Sin ustedes, esta aventura no habría pasado de ser un sueño.

Frase final:“No fueron solo 900 kilómetros: fueron miles de decisiones de no rendirse.”